Robert L. Leahy, Dennis Tirch, Lisa A. Napolitano — “EmotionRegulation in Psychotherapy: A Practitioner’s Guide”
Integra TCC, DBT, ACT y terapia focalizada en la compasión en un marco único para trabajar la desregulación emocional en cualquier diagnóstico. Recomendado por Marsha Linehan como referencia indispensable.
Comentario:
Entendamos primero que es un esquema emocional , en términos sencillos, es la teoría personal que una persona ha desarrollado acerca de sus propias emociones.
No es solamente:
“Estoy ansiosa.”
Es también todo lo que la persona interpreta respecto a esa ansiedad:
“Esta ansiedad no tiene sentido.”
“No debería sentirme así.”
“Si empiezo a sentirla, no voy a poder controlarla.”
“A los demás no les pasa esto.”
“Seguro los demás pensarán que soy débil.”
“Esta sensación nunca se me va a quitar.”
“Tengo que dejar de sentirla.”
“Mis emociones me hacen tomar malas decisiones.”
Eso es lo interesante del modelo de Leahy: la emoción genera una segunda capa de procesamiento. La persona no solamente experimenta miedo, tristeza, enojo, celos, culpa, etc.; también evalúa esa experiencia emocional.
Lo que más se me queda de esta lectura, dando vueltas en la cabeza, es la idea de estos esquemas emocionales. Hay algo casi incómodo en reconocer que gran parte del sufrimiento humano no viene de la emoción en sí, sino del juicio que la persona hace sobre haberla sentido. “No debería estar tan triste por esto”, “sentir envidia me hace mala persona”, “si lloro, soy débil”. Es una segunda capa de dolor que se monta encima de la primera, y muchas veces es más dañina que la emoción original.
Lo que encuentro particularmente honesto de ese planteamiento es que no promete eliminar el malestar — no dice “aprende esto y ya no vas a sentir ansiedad”. Dice: vas a seguir sintiendo lo que sientes, la diferencia está en si te vas a torturar además por sentirlo y cómo lo vas a manejar. Eso me parece un objetivo terapéutico más realista y, en cierto modo, más compasivo que la promesa implícita de muchos otros enfoques de “arréglate y deja de sentir esto”.
También me llama la atención algo casi arquitectónico del libro: no elige una sola escuela y se cierra a las demás. Toma la estructura de Beck, la sensibilidad hacia la invalidación de Linehan, la aceptación de Hayes, la compasión de Tirch — y no lo hace como un collage sin criterio, sino con cada pieza sosteniendo una función específica.
Hay algo ahí que se siente maduro, casi como alguien que después de años de práctica deja de necesitar defender “su bando” teórico y solo le importa qué funciona con la persona que tiene enfrente.
Si algo me genera duda —y esto lo digo más como observadora externa que como profesional— es si ese eclecticismo tan amplio a veces le pide demasiado al terapeuta: hay que dominar reestructuración cognitiva, esquemas, mindfulness, aceptación y compasión, todo a la vez, y saber elegir bien en el momento correcto. Eso probablemente separa a un terapeuta con años de formación de alguien que apenas está empezando.